Paris sera toujours Paris

Según lo previsto, a la mañana siguiente de los atentados de París mi amiga Lua y yo debimos haber cogido un vuelo con dirección a la capital francesa para ver a Sofía, otra amiga nuestra que estaba de Erasmus allí. Pero nada ocurrió según lo planeado.

La misma noche del 13 de noviembre, en los minutos previos a la noticia de los atentados, yo me encontraba con amigos en un bar, entusiasmado con la idea del viaje. Era la segunda vez que volaría a París, y estaba seguro de que el encanto de la ciudad me cautivaría tanto como en mi primera vez allí. Además, no veía a Sofía desde septiembre, por lo que la emoción por el viaje era doble.

De repente, recibí un WhatsApp de una tía mía, preocupada, diciéndome que si había visto las noticias, que había habido un atentado, que ni se me ocurriera volar a París. Lo comenté con el resto de mis amigos mientras apuraba mi cerveza rápidamente, con la esperanza de que no fuera nada grave y con el propósito de ir deprisa a casa a terminar de hacer la maleta. Sin embargo, parecía que me equivocaba.

Recuerdo que llamé a Sofía, que estaba en su casa en el momento de los atentados, a escasas manzanas de la sala Bataclán. Estaba asustada, sin querer salir al exterior. Su compañera de piso estaba pasando el fin de semana fuera de París, por lo que estaba sola en la ciudad. Traté de calmarla y le prometí que iríamos a París, que en escasas horas estaríamos con ella, y que afrontaríamos la situación juntos.

Sin embargo, a medida que pasaban los minutos, la cifra de muertos aumentaba y el horror inundaba cada vez más los medios de comunicación y las redes sociales. Todas las conversaciones, los debates e historias que estaban teniendo lugar en aquel trágico viernes pasaron a un segundo plano. El mundo entero se paralizó. Anunciaron el cierre de fronteras y la declaración del estado de emergencia. Debido a la seriedad que estaba adquiriendo el asunto, comenté la situación con Lua. Finalmente, decidimos posponer el vuelo una semana.

Y así fue como aterricé en París. Exactamente una semana después de los atentados. Puse mis pies sobre la capital francesa cuando la ciudad aún se encontraba devastada física y moralmente, cuando la torre Eiffel vestía los colores azul, blanco y rojo, cuando la herida de guerra que sufrió la ciudad del Moulin Rouge aún sangraba.

Recuerdo que a mi llegada a la plaza de la República las lágrimas comenzaron a brotar inevitablemente de mis ojos. Fue repentino e inminente. Una atmósfera de profundo dolor desgarrador se colaba entre mensajes de tristeza, amor y compasión. Todo ello a partes iguales. Tristeza por las víctimas y sus familias, amor por aquellos que proclamaban la paz y compasión por los musulmanes manchados erróneamente con el fanatismo y el terror. “Mon islam parle d’amour, mon islam parle de paix”, se podía leer en uno de los carteles a los pies de la base de piedra de la estatua de Marianne.

Sin embargo, hubo algo en la ciudad que comenzó a brillar con fuerza en medio de la desolación: un sentimiento colectivo caracterizado por la ausencia de la búsqueda de venganza. De todos los mensajes escritos que vi en aquella plaza y por las calles de París, ninguno hacía apología de ningún tipo de represalia. Ninguno de ellos declaraba la guerra ni suponía sed de sangre. “Faites l’amour pas la guerre”, “Amour por Paris”, “Rock in peace” o “No war = no killing” eran algunos de los miles de mensajes que conseguían crear una atmósfera en la que la búsqueda de venganza no tenía cabida, tampoco el sentimiento de odio, pero sí la voluntad de paz.

Frente a lo que los terroristas esperaban, París fue cicatrizándose rápido, y yo fui testigo de ello. Las terrazas de los cafés, que habían estado vacías durante varios días, pronto se volvieron a llenar. Los parisinos se enfrentaron al miedo, y fue su manera de plantar cara a los asesinos. La capital poco a poco volvió a recuperar su tonalidad natural, llena de vida y color. Flores, homenajes y mensajes de apoyo y paz comenzaron a entrelazarse con las risas por las calles, con gente frente a los escaparates, con familias paseando por los parques y con amigos brindando por los bares.

De esta manera brotó un sentimiento de unión, una especie de fuerza colectiva cuya representación más notable no era el odio enquistado fruto del dolor y el desgarro, si no la propia regeneración. Una regeneración basada en la superación del miedo, en la capacidad de mirar al enemigo de frente mientras las heridas se cosen y las lágrimas se secan por sí solas.

De repente, fue como si la primavera hubiera llegado a la ciudad tras un frío y oscuro invierno. Con ello descubrí que el mal se alimenta de la vulnerabilidad, del miedo y la desolación, del dolor de las heridas que deja. Pero la sangre dejó de brotar, las heridas comenzaron a cicatrizarse y la unión acabó llevando al fortalecimiento. Y esta fue la forma en la que aprendí cómo hacer que el mal muera de hambre.

Jamás he visto una manera más hermosa de ganar una batalla.

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Como diría Zaz, y le pese a quien le pese, Paris sera toujours Paris.

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Todas las fotografías por Álvaro Ruiz.
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