Con las manos manchadas de sangre

A un lado de la valla de alambre una mujer mece a su hija en sus brazos tratando de protegerla. Se oyen gritos de desesperación alrededor. Los gases lacrimógenos han causado agitación en la zona. Hay niños que han perdido a sus padres, gente que corre de un lado a otro, otros que huyen despavoridos. Un grupo de jóvenes alza la voz al son de “¡Abran las puertas!”. Con cada repetición, más y más personas se les unen.

Padres y madres se aferran a la valla y gritan desesperados que se lleven a sus hijos a la ansiada Europa, la tierra prometida. Destacan que no les importan sus propias vidas, que sólo quieren el bienestar de sus pequeños. Sólo piden los derechos humanos más básicos para ellos. Pero no sirve de nada. Parece que el concepto de humano es cuanto menos difuso: eres humano y tienes derechos si tienes la suerte de poder considerarte de procedencia occidental. Para el resto, el término adquiere cierta ambigüedad. Todos ellos, los llamados refugiados, han llegado a su objetivo, pero la meta se ha convertido en un obstáculo más.

El viaje ha sido largo. Desde el extremo opuesto del Mediterráneo, las lágrimas, la sangre y el sudor han ilustrado un camino pedregoso y enrevesado a través de fronteras, montañas, carreteras, desfiladeros angostos e imponentes masas de agua. Se han visto obligados a nadar, correr, trepar y reptar para llegar aquí. Muchos cuerpos forman ahora parte de la flora y fauna marítimas. Han sufrido vejación, han sentido el pánico de una guerra y ahora sufren el horror de la indiferencia. Han escapado del auténtico inframundo para quedarse en el limbo. Aun así, se aferran a la vida, pero comienzan a plantearse a qué precio.

Mientras tanto, al otro lado de la valla de alambre, el debate se encuentra al rojo vivo. Desde cómodos sillones, con puro en boca, hombres trajeados se recolocan la corbata y deciden el futuro de estas pobres almas. Hay varios factores en juego, varias circunstancias que han avivado el fuego del debate y que han polarizado la opinión pública. La crisis mundial que azota Occidente desde hace años ha provocado una fractura que ha separado dos placas tectónicas cada vez más diferenciadas: la de la clase alta y la del proletariado. El firme bastión que suponía la base y el conformismo generalizado con el sistema capitalista, la clase media, se hunde entre ambas. Dicha ruptura y precariedad han promovido la agitación interna en nuestras fronteras, la desconfianza hacia nuestros políticos y hacia nuestro autoproclamado Estado del Bienestar y, consecuentemente, el aumento de movimientos xenófobos y radicales.

Sumado a ello, un conglomerado de intereses políticos, religiosos, económicos y de poder en los que se han visto involucradas naciones y grupos de todo el globo terráqueo han propiciado un conflicto en Oriente Medio sin precedentes. Como si de un juego de mesa se tratase, las estrategias geopolíticas sobre la zona han provocado montañas de cadáveres, cadáveres que algún día fueron personas, como tú y como yo, con anhelos, esperanza y, sobretodo, ganas de vivir. Y sin embargo, tras dejar caer nuestras bombas, tras acabar con sus vidas y destruir sus casas nos vemos incapaces de otorgar asilo a sus viudos y viudas, a sus hijos e hijas, a sus hermanos o a sus vecinos. ¿Cómo es posible que dejemos morir de frío, hambre y sed a seres humanos inocentes que tratan de escapar de la masacre y la guerra, la cual está siendo perpetrada en parte por nuestras fuerzas?

Nos autoproclamamos la cuna de los derechos humanos universales, pero es inevitable cuestionarse el título. El conocido como Pacto de la Vergüenza lo confirma: hemos violado uno de los derechos humanos más básicos, el derecho al asilo. Es un derecho en sí, constatado a nivel internacional, que va ligado no solo a la ley, sino a la solidaridad. Los 28 jefes de Gobierno de la Unión Europea deciden la deportación masiva de miles de refugiados sirios a Turquía como si fueran ganado con la promesa de traer de vuelta un número equivalente en el futuro. Nuestros dirigentes creen eximirse de toda culpa soltando unos cuantos billetes al país vecino para que se haga cargo de ellos, en un lugar donde la seguridad resulta ilusoria. Aquellos mismos que nos gobiernan, que deciden las medidas sociopolíticas que condicionan nuestra realidad, son cómplices de una de las mayores barbaries jamás cometidas en la historia de la Humanidad.

La historia, precisamente, nos permite evitar los errores del pasado, aprender de ellos. Pero Europa no escarmienta. No sirve de nada echar la vista atrás y horrorizarnos ante inquisiciones, holocaustos y trágicas guerras. No sirve de nada, pues seguimos con las manos manchadas de sangre.

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Ilustración cedida por @labocadellogo
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