Con las manos manchadas de sangre

A un lado de la valla de alambre una mujer mece a su hija en sus brazos tratando de protegerla. Se oyen gritos de desesperación alrededor. Los gases lacrimógenos han causado agitación en la zona. Hay niños que han perdido a sus padres, gente que corre de un lado a otro, otros que huyen despavoridos. Un grupo de jóvenes alza la voz al son de “¡Abran las puertas!”. Con cada repetición, más y más personas se les unen.

Padres y madres se aferran a la valla y gritan desesperados que se lleven a sus hijos a la ansiada Europa, la tierra prometida. Destacan que no les importan sus propias vidas, que sólo quieren el bienestar de sus pequeños. Sólo piden los derechos humanos más básicos para ellos. Pero no sirve de nada. Parece que el concepto de humano es cuanto menos difuso: eres humano y tienes derechos si tienes la suerte de poder considerarte de procedencia occidental. Para el resto, el término adquiere cierta ambigüedad. Todos ellos, los llamados refugiados, han llegado a su objetivo, pero la meta se ha convertido en un obstáculo más. Sigue leyendo “Con las manos manchadas de sangre”

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