Apocalipsis

Que no nos pille confesados. Que no llame a la puerta. Que no pida permiso para entrar. Que el fin del mundo sea la traca final de la vida, la explosión definitiva, llena de luz, de color, de chispas, de llamas, de brillo, de pasión, de resplandor.

Que sea el orgasmo definitivo, el punto álgido del clímax, el instante exacto en el que tus uñas se clavan en mi espalda y sangro; el justo y preciso momento en el que aprietas tu cuerpo contra el mío, y nos miramos a la cara, y gritamos de placer, y todo a nuestro alrededor desaparece: se desvanece la cama, se derrumban las paredes, se evapora la realidad… hasta que sólo quedan dos cuerpos que se fusionan en una supernova.

Y cuando todo se apague, cuando sólo quede ceniza en la oscuridad, cuando reine el silencio… ¿Qué más da lo que sea de nosotros? ¿A quién coño le importa si vamos al cielo o al infierno? Nacemos y morimos; lo que cuenta es lo que está entremedias. Entre medias  y bragas, nosotros a medias, sin medias tintas, entre medias de tus piernas.

Así que por si acaso brindemos, vivamos y vibremos, no sea que no seamos testigos en cuerpo y alma del Apocalipsis.

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