Con las manos manchadas de sangre

A un lado de la valla de alambre una mujer mece a su hija en sus brazos tratando de protegerla. Se oyen gritos de desesperación alrededor. Los gases lacrimógenos han causado agitación en la zona. Hay niños que han perdido a sus padres, gente que corre de un lado a otro, otros que huyen despavoridos. Un grupo de jóvenes alza la voz al son de “¡Abran las puertas!”. Con cada repetición, más y más personas se les unen.

Padres y madres se aferran a la valla y gritan desesperados que se lleven a sus hijos a la ansiada Europa, la tierra prometida. Destacan que no les importan sus propias vidas, que sólo quieren el bienestar de sus pequeños. Sólo piden los derechos humanos más básicos para ellos. Pero no sirve de nada. Parece que el concepto de humano es cuanto menos difuso: eres humano y tienes derechos si tienes la suerte de poder considerarte de procedencia occidental. Para el resto, el término adquiere cierta ambigüedad. Todos ellos, los llamados refugiados, han llegado a su objetivo, pero la meta se ha convertido en un obstáculo más. Sigue leyendo “Con las manos manchadas de sangre”

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La actriz perfecta

Él no era él. Lo sabía desde muy pequeño. El pequeño Antoine se desnudaba frente al espejo y no le gustaba lo que veía. Miraba sus genitales masculinos. ¿Qué hacían allí entre sus piernas? ¿Para qué los quería? Definitivamente, no le servían de nada, no le pertenecían. Los miraba y quería extirparlos, arrancarlos, cortarlos, deshacerse de ellos. Solía esconderlos entre sus piernas, mirarse al espejo y desear que jamás volvieran a aparecer. Sigue leyendo “La actriz perfecta”

Apocalipsis

Que no nos pille confesados. Que no llame a la puerta. Que no pida permiso para entrar. Que el fin del mundo sea la traca final de la vida, la explosión definitiva, llena de luz, de color, de chispas, de llamas, de brillo, de pasión, de resplandor.

Que sea el orgasmo definitivo, el punto álgido del clímax, el instante exacto en el que tus uñas se clavan en mi espalda y sangro; el justo y preciso momento en el que aprietas tu cuerpo contra el mío, y nos miramos a la cara, y gritamos de placer, y todo a nuestro alrededor desaparece: se desvanece la cama, se derrumban las paredes, se evapora la realidad… hasta que sólo quedan dos cuerpos que se fusionan en una supernova.

Y cuando todo se apague, cuando sólo quede ceniza en la oscuridad, cuando reine el silencio… ¿Qué más da lo que sea de nosotros? ¿A quién coño le importa si vamos al cielo o al infierno? Nacemos y morimos; lo que cuenta es lo que está entremedias. Entre medias  y bragas, nosotros a medias, sin medias tintas, entre medias de tus piernas.

Así que por si acaso brindemos, vivamos y vibremos, no sea que no seamos testigos en cuerpo y alma del Apocalipsis.

Minnie

Despojándose de lo ornamental, desenmascarándose, la vida reveló su cara.

No su cara más dulce, ni su cara más amarga;

simplemente su verdadera cara.

Somos absolutos

Que hasta un corazón de piedra late, y vibra, y siente con cada latido. Que los buenos son los malos para los malos, y para los malos, ellos son los buenos. Que el fuego al final se apaga y el hielo acaba quemando. Que las apariencias dicen la verdad, el que te engaña soy yo. Que el final feliz es el principio de la tragedia, y el placer es amante del dolor.

Pero tú y yo somos absolutos, y que se relativice quien pueda.

Metamorfosis

Corría deprisa. Sentía que se le escapaba la vida. Inconformismo, experimentación, cambioPara ella, era el momento de abrir las alas. ¿Para qué si no estaban allí, ocupando un lugar entre sus omoplatos? Ya estaba lista para despedirse de su etapa de crisálida, aunque no estaba segura de que sus alas fueran a funcionar. Los miedos, las inseguridades y los remordimientos se apoderaron por un momento de su mente. Sin embargo, fueron rápidamente desechados.

“Quiero vivir mi vida, quiero ser libre” se dijo.

Siguió corriendo, con los ojos cerrados. Su cuerpo ardía en llamas. Deseaba escapar, huir de aquello que la asfixiaba día a día, de la rutina, de las normas preestablecidas, del sistema, de ella misma cuando solía agachar la cabeza esperando una absolución que no le correspondía.

Abrió los ojos y vio el acantilado frente a ella. Pensaba que no lo conseguiría, que caería al suelo, que su cráneo impactaría contra las rocas y que sería el fin; pero valía la pena arriesgarse. Necesitaba huir, y sus piernas cobraron vida propia: cada vez avanzaban más y más deprisa. Su fuego interno estaba más vivo que nunca. Fue entonces cuando tomó impulso, y sin mirar atrás, saltó.

Se elevó en el aire, sus pies se despegaron del suelo, el abismo se encontraba bajo su cuerpo… y echó a volar.

 

Miedo

Aquel que nos aterra, que nos perturba, que nos hace sentir débiles. Miedo que nos acerca a lo macabro, que nos paraliza, que nos encadena. Miedo que sin embargo no es tan malo. Nos hace sentir vivos. Nos permite conocer nuestros límites y saber cómo traspasarlos.

Bajo las lápidas del cementerio no existe el miedo. El miedo es vida. Desde pequeños nos enseñan a “no tener miedo”… ¿Por qué? No me fío de aquel que no siente miedo, de aquel que parece invulnerable al temor. El miedo, intruso que se cuela en nuestro alma, nos hace ser quienes somos, nos moldea y condiciona nuestra existencia.

La cualidad del valiente no es la ausencia de miedo, si no la capacidad de abrirse camino a través de lo más profundo de sus entrañas.

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